martes, 9 de octubre de 2012

El origen del famoso horario español

Todavía en tiempos de la guerra civil, los más viejos podían recordar que a finales del siglo XIX cada localidad tenía su hora propia, que a veces no coincidía ni de cerca con la de la localidad vecina. El ferrocarril y sus horarios, y el telégrafo habían hecho mucho en la práctica por unificar la hora en España, y la radio remató la operación. El Estado español se había adherido en su día al Convenio de Washington de 1888 que dividió el mundo en husos horarios, a partir de la hora 0 a lo largo del meridiano de Greenwich, a las afueras de Londres. Ese era el huso que correspondía a España y Portugal, la hora de Europa occidental. El convenio fue un paso importante en la globalización, y marcó un punto culminante del poder del Imperio Británico, cuya hora servía para marcar el tiempo en todo el resto del mundo. En 1900 un decreto estableció oficialmente el comienzo de la hora única para toda España, cancelando el sistema antiguo en que existía la hora del meridiano de Madrid y a partir de ella cada ciudad establecía la suya propia.

En 1918 se cambió por primera vez el horario de verano. En marzo o abril el reloj se adelantaba una hora, con la pretensión de alargar las horas de sol, ahorrar energía e incrementar la producción. En octubre se volvía a atrasar. La hora de verano fue consecuencia de la guerra mundial. La había implantando Alemania (es una medida típica del prusianismo) y algunas naciones la siguieron. La hora de verano cayó en el olvido en cuanto acabó la guerra mundial, pero volvió a ser implantada en 1924 por el Directorio Militar de Primo de Rivera, con un triple objetivo: demostrar quién mandaba, armonizar los horarios españoles con los de los demás países y “procurar un ahorro de combustible y fluído eléctrico”. El cambio a la hora de verano previsto para el 18 de abril de 1931 no se pudo hacer, pues todo ese tejamaneje horario heredado de la Dictadura fue fulminantemente derogado el mismo día 15 de abril por el Gobierno Provisional de la República.

Durante la guerra civil ambos estados, el republicano y el nacional, la volvieron a implantar, empezando en 1937, con un decalaje de una o dos semanas, durante las cuales las dos zonas tenían horas legales distintas. Después de la guerra, se siguió aplicando el cambio estacional hasta que alguien olvidó atrasar de nuevo el reloj en octubre, y desde entonces España abandonó la Hora de Europa occidental o de Londres para pasar a la de Europa central, conocida oficiosamente como hora de Berlín (1). Fue en octubre de 1940, el momento culminante del Tercer Imperio alemán de Hitler, que acababa de conquistar Francia, Noruega, Bélgica y Holanda, así que políticamente la medida tenía su razón de ser. No fue hasta 1973 que el horario de verano se pasó a aplicar en muchos países como respuesta a la crisis del petróleo, y así hasta hoy.

El gran cambio de los ritmos diarios españoles se produjo en la guerra civil y años posteriores. Ya en 1918 se hizo notar (2) que los horarios empezaban a mostrar signos claros de un retraso de unas dos horas con respecto a la hora solar, es decir, que empezaba a acostumbrase a comer a las dos y a cenar a las 9 o las 10, cuando lo tradicional había sido un ritmo de colaciones coincidente con los toques de campana: desayuno al amanecer, almuerzo a las 12 y cena hacia las seis o las siete. Parece ser que la popularización de la luz eléctrica retrasó el horario, pero aquello era algo que pasaba en Madrid, o en París: el resto del país conservaba la antigua costumbre de almorzar ligero hacia las doce y cenar a las siete.

Adoptar como oficial la hora de Berlín o de Centroeuropa significó amaneceres más tardíos y anocheceres igualmente retrasados. La necesidad de buscarse la vida durante la guerra civil y la dura posguerra institucionalizaron jornadas de trabajo muy largas, así como el pluriempleo. El resultado final, este ya extendido hasta el último pueblo del país, es el famoso horario español actual, que encanta a los turistas y horroriza a los paladines de la productividad y la competitividad. En España, reza la leyenda, la gente se levanta tarde, se toma un café y se va a trabajar, hace una pausa a las dos de la tarde para tomar la comida más fuerte del día, regresa a trabajar a las cuatro o las cinco y sale a las siete o las ocho. Naturalmente, cena a las diez o más tarde. Este estado de cosas horario contrasta agudamente con el vigente en los países serios, en los que se madruga mucho, se desayuna fuerte, se almuerza ligero a las once o las doce, se sale de trabajar a las cinco y se cena copiosamente a las seis o las siete.


(2) P. Miguel Barquero, S.J. La llamada hora de verano y su aplicación a España. Boletín de la Real Sociedad Geográfica, Tomo LIX octubre de 1917

(1) Orden de 7 de marzo de 1940 sobre adelanto de la hora legal en 60 minutos a partir del 16 de los corrientes BOE del 8 de marzo de 1940 (en octubre siguiente no se publicó el decreto retrasando la hora)

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